
Por un extraño efecto luminoso del cristal del auto no se distingue La Diana, pero les juro que sí es, puede verse el arco y el brazo que lo sostiene; es una lástima, pues La Diana es bellísima.

Cesare Pavese nació el 9 de septiembre de 1908 en San Stefano Belbo –un pequeño pueblo de la provincia de Cuneo, al norte de Italia, que tiene poco más de 4 mil habitantes– y falleció en Turín –una ciudad de casi un millón de pobladores– el 27 de agosto de 1950.
Todo viene a cuento porque recién adquirí uno de los breviarios del Fondo de Cultura Económica, La literatura italiana contemporánea, y aunque todavía no lo leo me parece muy acertado que hayan puesto en la portada el rostro de Pavese. Ya les contaré sobre el contenido.
En comparación con Pavese, sólo puedo decir que el hastío nunca es tanto: apenas el suficiente para recordar la insignificancia de mi vida; solamente un motivo para rebelarse contra el vacío y decir que tal vez la vida no tiene sentido; sin embargo, es interesante vivir con la esperanza de ser, de lograr cuando menos engañar el pesimismo y reírse de la soledad ante la imposibilidad de vencerla, y cuando llegue la muerte estar satisfecho de la existencia.
Hace veinte años, en junio de 1988, inspirado por los poemas de Cesare Pavese, escribí
Algún día estaremos mirándonos sin vernos
y pensando cómo estarán las sábanas
recién planchadas de nuestra cama
Más o menos así iba, ya no recuerdo bien lo escrito.

La tristeza no es azul
La tristeza no es azul; más bien es negra o gris, se cuela por los ojos, la piel, los oídos y el movimiento; por eso hay que estar alerta y ver cada cosa como si fuera por primera vez; a sentir el viento, el calor y todo lo perceptible por la piel; a escuchar todo cuanto hay alrededor, aunque sea el ruido de los motores o los claxonazos de una ciudad como el Distrito Federal.